martes, 1 de diciembre de 2020

Los fósiles que reescriben la historia de la foca monje

 El descubrimiento de restos de este mamífero por primera vez en el hemisferio sur modifica la teoría evolutiva de este animal, que se encuentra en grave peligro de extinción


Las focas monje viven en las aguas cálidas del Mediterráneo y las islas de Hawái, donde solo sobreviven unos 2.000 ejemplares. Forman parte del grupo de llamadas “focas verdaderas”: no tienen orejas y se desplazan reptando sobre su estómago cuando se encuentran en tierra, a diferencia de los lobos y leones marinos (que pueden caminar). Hasta ahora la comunidad científica creía que el origen de las focas monje se situaba en el océano Atlántico, en el hemisferio norte. Pero el hallazgo de siete fósiles de cráneos en las costas de Nueva Zelanda ha replanteado la teoría evolutiva de este animal.

 

Un equipo de paleontólogos de Australia y Nueva Zelanda ha estudiado estos fósiles durante cuatro años y ha descubierto que pertenecen a focas monje que vivieron en las Antípodas hace unos tres millones de años. Se trata de los primeros vestigios de esta especie encontrados en el hemisferio sur. Al frente del equipo está el experto en mamíferos marinos de la Universidad Monash (en Melbourne, Australia) James Rule. “No pasa muy a menudo que la evolución de un grupo grande de mamíferos se reescriba por completo” explica Rule, cuyo trabajo ha sido publicado en la revista Proceedings of the Royal Society B. “La investigación da la vuelta por completo a la forma como entendíamos la evolución: creíamos que las focas monje y sus parientes habían evolucionado en el norte, pero este estudio demuestra que en verdad se originaron en el hemisferio sur”, asegura.

 

El relato de cómo se encontraron los fósiles no parece sacado de una novela fantástica, sino que es el fruto de años de trabajo y dedicación de un grupo de ciudadanos aficionados a la paleontología. Fueron ellos quienes encontraron los cráneos de foca en las costas de Taranaki (en la isla norte de Nueva Zelanda) entre los años 2009 y 2016 y cedieron los fósiles a dos de los museos más importantes del país: el museo de Canterbury y el Museo Te Papa en Wellington. Felix Marx, el conservador de mamíferos marinos en Te Papa, lo describe como un “triunfo de ciencia ciudadana”, pues estos fósiles están preservados dentro de grandes rocas en la playa: “Hay un grupo de coleccionistas locales muy entusiastas que hace bastante tiempo que se dedican a ello, y hemos estado siguiendo los descubrimientos que han hecho estos últimos años y hemos sido capaz de analizarlos. O sea que son ellos los que tienen el conocimiento local y el afán de ir a encontrar estos fósiles. Es algo que podríamos hacer nosotros mismos, pero nos llevaría mucho más tiempo y tendríamos menos éxito porque solo podemos ir allí una vez al año, mientras que estos locales visitan el área a veces cada quince días.”

 

El análisis de los fósiles encontrados en Taranaki concluye que los ejemplares antiguos medían unos 2,5 metros de largo y pesaban entre 200 y 250 kilos, y eran similares a la foca monje que actualmente vive en Hawái. Para llegar a esta conclusión, el paleontólogo James Rule viajó durante dos años para comparar los restos encontrados en Nueva Zelanda con los fósiles de focas que se encuentran en los Museos de Historia Natural en Londres, París o Los Ángeles. Fue en el Museo Smithsonian de Washington, cuando se encontraba delante de un grupo de cráneos de focas monje, donde descubrió para su sorpresa que entre las manos tenía restos que pertenecían a la misma especie.

 

Según los paleontólogos, hace tres millones de años hubo un cambio climático en los océanos que afectó a los animales marinos de mayor tamaño como las ballenas, los delfines y las focas. Las temperaturas bajaron y con ellas el nivel del mar, un fenómeno que podría estar detrás de la extinción de las focas monje en el hemisferio Sur. Los científicos temen ahora que el fenómeno opuesto, el calentamiento global, amenace la diezmada población de focas monje. El incremento de temperaturas hace más difícil que estas focas encuentren comida y el aumento del nivel del mar produce la desaparición de las playas que necesitan para descansar y reproducirse




Lucía Herrero Hinjos

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