domingo, 14 de marzo de 2021

El regreso del castor europeo, el ingeniero de la naturaleza.

El autor repasa la desaparición y posterior exitosa recuperación del castor, una especie clave para los ecosistemas. Con la excepción del ser humano, ningún animal modifica como él su entorno tan laboriosa y hábilmente para adaptarlo a sus necesidades

Nuestros antepasados sabían que la presencia del humilde castor es fundamental para el buen funcionamiento de los ecosistemas terrestres y acuáticos en todo el hemisferio norte. El término moderno "especie clave" podría haberse inventado para describir el papel ecológico crucial que desempeñan los castores. La población indígena de Norteamérica veneraba al castor (Castor canadensis), a quien denominaba "gente pequeña", y tenía en gran estima a las comunidades de esta especie, que vivían en estrecha simbiosis con las personas.

Con la excepción del ser humano, ningún animal modifica su entorno tan laboriosa y hábilmente para adaptarlo a sus necesidades, hasta el punto de que nos resulta difícil concebir la enorme influencia que el castor tuvo antaño sobre nuestros paisajes.

Tras la llegada de los europeos, fueron casi siempre los tramperos quienes primero se expandieron por todo el continente. El gran valor de la piel de castor llevó a estos cazadores a remontar los ríos, los arroyos, los humedales, las ciénagas y los estuarios, persiguiendo hasta el último individuo. De manera que cuando historiadores, cartógrafos, fotógrafos y hordas de colonizadores llegaron tras ellos, hacía tiempo que los castores habían desaparecido, aniquilados prácticamente en todo el continente, y con ellos sus madrigueras, sus presas y embalses, sus canales y todos los vestigios de esta sociedad paralela. Con el castor desapareció el agua, se vaciaron de vida los paisajes y el territorio del Oeste norteamericano, el más afectado por esta pérdida, se tornó árido, tal y como lo conocemos actualmente.

El castor europeo (Castor fiber) había sufrido un destino similar, si bien algunos siglos antes. Los tramperos no sólo buscaban sus pieles, sino el castóreo, un aceite amarillento segregado por las glándulas anales del castor. La demanda de este aceite para su utilización en cosmética era tan elevada que el valor de un solo castor en la Edad Oscura británica equivalía a las ganancias de un campesino en todo el año. En tiempos de la Primera Guerra Mundial (1914-19) solo quedaban pequeñas poblaciones residuales de castor europeo en parajes remotos de Europa Oriental y de Rusia.

El castor es una especie muy territorial. Cada territorio está ocupado por una sola pareja y sus crías del año (que nacen a finales de la primavera, en camadas de dos o de tres), y por una selección de descendientes adolescentes, que suelen permanecer en los alrededores hasta su segundo o tercer año. Los castores utilizan el agua para protegerse de sus predadores, por lo que nunca se alejan mucho de las orillas en busca de alimento -la blanda corteza interior de árboles caducifolios que talan con gran facilidad (álamo, abedul y sauce son algunos de sus favoritos), así como matorrales, helechos, ortigas y todo tipo de plantas acuáticas. En sus mejores territorios, en tramos fluviales de considerable anchura o en el borde de lagos o estuarios, el castor no necesita construir presas, y disfruta de una vida más fácil. En estas zonas se dedica a cortar vegetación ribereña para la producción de renuevos, clareando el arbolado y favoreciendo la entrada de luz y la proliferación de flores silvestres y plantas ribereñas apetecibles.

Cuando estos hábitats de gran calidad se encuentran completamente ocupados, los jóvenes castores que aspiran a establecer su propio territorio se ven obligados a avanzar aguas arriba, hacia los afluentes, riachuelos y arroyos de los grandes ríos. Y es en estas zonas de cabecera de las cuencas donde la actividad de los castores tiene una gran repercusión. A falta de tramos fluviales con aguas profundas, los castores se afanan en crearlos, utilizando piedras, ramas, palos y barro con una habilidad casi inimaginable, para construir pequeñas presas en toda su zona de campeo. Detrás de cada una de estas presas excavan una amplia piscina, con canales que se internan en las zonas próximas, con arboledas.

Tras la llegada de una pareja de castores a un pequeño arroyo temporal, este comenzará a parecerse a una sucesión de terrazas inundadas como las de los arrozales asiáticos. Estos humedales permanentes creados por los castores favorecen el desarrollo de ecosistemas complejos donde alternan las zonas húmedas, las praderas con numerosas flores silvestres y arbustos, y que albergan una gran diversidad de vida salvaje. Muy pronto la abundancia de peces, libélulas y todo tipo de insectos, anfibios y aves acuáticas como los patos, el martín pescador y las cigüeñas, así como muchas otras aves, le parecerá increíble a cualquiera que no esté habituado al paisaje generado por este ingeniero de los ecosistemas.

Los arroyos transformados por los castores en una sucesión de lagunas no solo benefician a la fauna, sino que también nos protegen de inundaciones y sequías estacionales, y hacen de cortafuego que evita la propagación de incendios forestales. A falta de castores las lluvias invernales fluyen de forma torrencial y simultánea por arroyos y riachuelos, provocando inundaciones aguas abajo y destruyendo las orillas de nuestros cauces fluviales rectificados y dragados. A estas crecidas súbitas les suceden meses de sequía durante los cuales los cauces se convierten en barrancos secos y sin vida. Los embalses creados por los castores ralentizan y regulan los flujos hídricos, reteniendo un gran volumen de agua, dando tiempo a la naturaleza a limpiarla de sedimentos e impurezas (como los nitratos y fosfatos utilizados en la agricultura), y liberándola durante todo el año una vez depurada.

El lento fluir del agua a través de las balsas creadas por los castores hace que parte se infiltre en el terreno, elevando la capa freática y recargando unos acuíferos que constituyen nuestra reserva hídrica en tiempos de sequía. Recientemente las imágenes de satélite obtenidas demuestran que el regreso continuado de la población de castores al Oeste norteamericano tras siglos de ausencia está reverdeciendo -literalmente- el desierto, a medida que grandes franjas de humedales creadas por los castores actúan como cortafuegos en el paisaje.

Cada territorio habitado por los castores tiene una madriguera donde la familia se refugia durante el día. Se trata de una estructura abovedada de palos y barro que contiene una serie de cámaras cálidas y secas interiores, construida de forma que la entrada se encuentra en la parte más baja, en lugar seguro bajo el agua. Estos habitáculos albergan también a numerosas otras especies, como aves nidificantes, reptiles y anfibios en hibernación, erizos y pequeños roedores que encuentran en ellos refugio. Los castores dejan sin recubrir de barro, a modo de ventilación, una parte del tejado, por lo que en días fríos la respiración de los animales dormidos hace que se eleve una columna de vapor -creando la impresión de una vivienda humana en miniatura.

Desde principios del siglo pasado se viene concediendo al castor protección legal en un creciente número de países en ambas orillas del Atlántico, mientras que ha descendido el valor de sus pieles. Debido a ello la recuperación del castor está avanzando a un ritmo notable. En toda Europa y Norteamérica se han realizado reintroducciones cuidadosamente planificadas, y aunque las poblaciones siguen siendo una fracción pequeñísima de lo que antaño fueron, se estima que en la actualidad seguramente asciendan a unos dos millones de castores en Europa y a diez millones en Norteamérica.

Un conocimiento creciente de la importancia de los castores para el buen funcionamiento del sistema hidrológico, para mitigar las avenidas, la sequía y los incendios y para insuflar vida a nuestros degradados y agotados ecosistemas, ha hecho que se reclame su recuperación en todo su antiguo ámbito de distribución. El castor goza actualmente de protección estricta en toda la Unión Europea y existen numerosas experiencias exitosas de recuperación de la especie, en países como Suecia, Holanda o el Reino Unido. En la vecina Francia, por ejemplo, la población de castores supera actualmente los 14.000 ejemplares. En la Península Ibérica, donde el castor desapareció en el siglo XVI o XVII, su número también está creciendo a raíz de una reintroducción, lamentablemente ilegal, realizada en 2003 en la cuenca del Ebro. En España, un país árido donde tanto abundan las avenidas como las sequías, el castor mejoraría notablemente el estado de los ríos.

Obviamente, hay lugares donde los castores pueden crear problemas, como en las piscifactorías, las depuradoras y los canales construidos por el hombre. Los castores también pueden inundar zonas agrícolas situadas aguas abajo y muy artificializadas. En estos lugares es preciso gestionar las actividades de los castores, como se hace ya de forma habitual allí donde esta especie se ha recuperado. Las presas de los castores pueden modificarse fácilmente para aumentar el flujo hídrico, y es relativamente fácil proteger desagües y alcantarillas, así como árboles singulares. Y en algunos casos será necesario eliminar por completo la presencia de castores.

El movimiento conservacionista suele enarbolar la famosa frase de Martin Luther King y decirnos que su sueño se ha convertido en pesadilla, y muchas personas ya no podemos soportarlo, de modo que desconectamos de la retahíla aparentemente interminable de malas noticias. La buena nueva es que el castor ha regresado, y con él, toda su magia, y está ya transformando nuestros paisajes. Esta noticia merece celebrarse. Así que alégrate, y si todavía no hay castores en tu región, pide a tu gobierno regional que los traiga de vuelta.




Lucía Herrero

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